Me decía una señora el otro día que cuando me licencie (estamos en la cuenta atrás, sólo quedan cinco asignaturas), pasaré a ser Don. Que eso ponía en el título de su hijo. Don.

Así que pasaré de ser el pequeño Tao, o Taomalo, a ser Don Tao. Por obra y gracia de una firma de Juan Carlos.

Ya era hora, dicen algunos.

Porque a mi alrededor hay demasiada gente inmersa, no sé por qué motivo en una carrera para no llegar tarde a ningún sitio. No sé si será porque vivimos en la sociedad de la inmediatez, de la prisa, del vértigo y de la impaciencia. O porque a los de nuestra generación, cuando teníamos que decidir hacia dónde enfocábamos nuestro futuro, nos bombardearon con noticias de informáticos veinteañeros multimillonarios en Sillicon Valley. Nosotros llegamos tarde.

Ahora bien, ¿quién querría ser ahora mismo un gordo con una gorra de los Nets haciéndose pajas frente a su pantalla? Desde luego yo no. De todos modos, lo que se es a los veinte no suele coincidir con lo que se quiere ser a los cincuenta.

Como llegamos tarde, claro, preferimos el coche a la espera y el encanto de los viajes en tren. El mail al correo postal de toda la vida. Todavía recuerdo lo que era cartearme con alguna novia, a los quince años, recibir una carta sin remite y reconocer su elegante letra.

Con las prisas, uno acaba olvidando que el tiempo pone a cada uno en su sitio. Que el agua blanda en movimiento acaba rompiendo la dura piedra. O que un vino evolucionado no tiene por qué ser un vino defectuoso.

Al final todo acaba llevando al vino. Cuando todo falla nos queda el arte. Y un buen vino, al fin y al cabo, es arte. Al final entender de vinos es entender un poco de la vida. Entender los matices del paso del tiempo. Entender que la inmediatez y las prisas impiden disfrutar de los matices de una lenta y prolongada crianza.

Porque el partido del siglo no se juega todos los domingos ni el mejor polvo tiene por qué ser el de este sábado, sino que todo llega. A su tiempo si se sabe esperar.