Estoy viejuno.

Algo menos de  pelo y lumbago. No podía haber señales más inequívocas. Bueno, sí, en realidad las hay, relacionadas con barras de bar y camareros. Pero de esas ya hablaré en la próxima Taoría.

La cosa es que mientras llega mi trigésimo cumpleaños, voy celebrando los de mis amigos. Jueves, Valladolid noche, bar de jazz, gin tonic, cumpleaños y conversación.

Y me doy cuenta de que no soy sólo yo. Es algo que le pasa a más gente: con los años, es más difícil hacer amigos. No me refiero a conocidos ni a ligues de los que luego te quieres deshacer  con la táctica del "creo que te está llevando el coche la grúa" y no volver a verlas (uf, por qué será tan difícil de entender que es mejor evitar estos suplicios). No, me refiero a amigos de verdad.

Compañeros de cómodos silencios. Amigos que nunca te pedirán una explicación. Cómplices de miradas.

Porque con los años, los defectos que a los amigos se les perdona, no se dejan pasar a los nuevos conocidos. Ya no es edad de reir las gracias, de consentir tonterías y de perdonar defectos. Y sobre todo, ya no es edad de morderse la lengua y no decir lo que piensas por quedar bien.

Por eso los amigos que tendremos son los que ya tenemos de hace tiempo. El resto pasarán, como los malos ratos.