Hace unos días que no me cago en la madre de nadie. Será porque he tenido una semana sin clase.

Volver a clase es una maldita competición de machos alfa. Al final, pasar el día con un grupo de futuros enólogos supone demostrar quién la tiene más larga, quién mea más lejos, o quien reconoce el heno recién cortado en un vino. Aquellos que diferencian los alternativos de las barricas sin dudarlo, o quienes matizan que los olores a monte bajo no lo son tal, sino un toque de pino y eucalipto.

Por eso cuando salimos a tomar vinos (yo ya menos), opto por pedir una caña. Porque no aguanto que sin aprender a limpiarse los mocos ya se crean el jodido Álvaro Palacios.

Seguro que algún cándido lector piensa que soy uno de ellos. Que no se equivoque. Yo no disfruto de un vino demostrando que sé más que los demás. Yo disfruto de un buen vino solo, en casa, de madrugada. Aunque últimamente dejo que me acompañe Jamie Cullum. Qué bueno es el hijo de la gran puta. O de un par de  copas mientras cocino.

Lo otro es ruido de egolatría. Lo mio son sensaciones en soledad.