La Coctelera

Categoría: Nulla dies sine linea

El enemigo

Dicen que voy a acabar del lado enemigo. Y todo por culpa de un paraguas en una noche de lluvia. Porque en realidad no se sabe cuándo va a empezar a llover, y siempre se agradece que alguien comparta un paraguas contigo.

¿Soy al único al que le ponía triste de pequeño aquella canción del barquito chiquitito que no podía navegar? Sí, ya sé que al final navegó, pero…

Siempre hay un pero y siempre hay unos puntos suspensivos.

Podria contar historia del japones la guitarra deberia

Podría contar la historia del japonés de la guitarra que debería empezar con eso de "os voy a contar una cosa que le pasó a un amigo...".

O como el sábado de madrugada me quedé tirado con el coche en mitad de la autovía sin calefacción en la noche más fría del año.

O lo que es ser un becario universitario con una beca incompatible con cualquier contrato laboral (igual se piensan que se puede vivir con ese dinero).

Pero la verdad es que no me apetece nada de nada.

Por cierto, hay un bar en valladolid, calle Torrecilla, donde por copas estos días se puede catar una zinfandel californiana que quita el sentido.

Yo confieso

Ahora que estoy haciendo la mudanza los he podido contar.

Y lo confieso.

tengo más de 30 pares de calcetines.

Detergente futurista

Por los Aviador Dro, de su serie "candidato futurista". Buscad el resto de videos en youtube, yo os dejo este:

Un fin de semana

Hubo unas converse blancas desgastadas. Y ellos saben que no hubo ningún romance alrededor. Hubo una katana sobre fondo amarillo, unas gerberas, unas margaritas amarillas, una plaza en la Toscana y "the morning after the night before".

Hubo un cartel en una puerta que anunciaba que mañana la vida sería mejor que hoy.

Hubo quien intentó enseñar una nueva canción al viejo profesor. Y no es un refrán mio.

Hubo una niña que luchó con una espada láser contra Bart Simpson. Un viaje en pony a dos euros. Un payaso que se limpiaba el maquillaje.

Hubo llamadas. Mails. Compras. Nóminas.

Hubo un autobús que pretendía asustarnos.

Hubo un cierre anticipado y una buena cena. Y es que no puede haber nadie que se resista a un par de huevos fritos con jamón.

Hubo un ascenso a V.

Hubo un antiguo campamento romano bajo la lluvia constante. Miradas de complicidad y miradas que perdonaban vidas.

Hubo música, cócteles, cafés y helados. Hubo planes de verano.

Hubo paz en la cocina. Guerra en el comedor.

Hubo espectros de resonancias magnéticas bajo un manto de leche.

Hubo una lista de abalorios para comprar.

Hubo momentos en los que lo veía todo claro y momentos de duda.

Un fin de semana.

Mañana volverá a haber lo mismo de nuevo para bien y para mal.

Viva Pajares

Son tiempos difíciles para los genios.

Por eso quiero aprovechar estas páginas para lanzar un alegato de defensa hacia el gran Andrés Pajares. Ahora que es blanco de las burlas de mucha gente, y no todos con el mismo talento que el de esta página que recomiendo encarecidamente.

Andrés Pajares ha sido siempre un incompredido. Un genio que se adelantó a su tiempo. Un puto profeta. Lo más parecido a un mesías que aventuraba y señalaba en el mapa la tierra prometida.

Suecia.

Pajares, Esteso y las suecas.

Si no habéis estado en Suecia no sabéis de qué hablo.

Si habéis estado, seguro que no queríais volver.

Viva Andrés Pajares.

Y que vivan las suecas.

Será por el agua

Decía mi amigo C. cuando se mudó a V. , que allí había gente muy rara, que eso debía ser por el agua. Y no sé si será por eso, o porque los sabores de la niñez no son comparables a ninguna otra cosa, todos los domingos traía varias garrafas de agua del caño del pueblo para beber durante la semana.

Pero cuando uno vive en la monotonía de un pueblo insulso, al volver a V. siempre echa de menos tanta extravagancia. Yo vuelvo los jueves por la tarde, duermo allí y regreso a trabajar el viernes por la mañana.

Hace dos jueves volvía a casa bajo la lluvia. (Nota mental: Turnedo, de Iván Ferreiro es una gran canción para oir bajo la lluvia). Una de la mañana. Iba dando un rodeo buscando una máquina donde comprar unos papelillos para V. Y bajo la lluvia me cruzo con un tipo que está sacando al perro. Gorra, manos dentro de los bolsillos de la cazadora, perro pequeño. Se me acerca. Me habla y me quito los auriculares. Al principio no le entiendo. Me pregunta si en el polideportivo frente al que estabamos había piscina. "No, creo que no..." hablo mientras intendo seguir mi camino. Llueve. Nunca llevo paraguas. Pero no me deja. "Ya, ya, entonces no tiene piscina". "No, no, lo siento", vuelvo a decir yo con prisa. Pero me retiene. "¿Y por aquí... no hay algún polideportivo que tenga piscina?". Y yo, viendo que aquello no tenía solución, me resigno a mojarme durante los minutos que duraría mi explicación de dónde había piscina, una cubierta, otra descubierta que abren en verano, y cuánto vale entrar.

El jueves pasado volví. Dos de la mañana. Caminaba de nuevo de vuelta a casa. A lo lejos al fondo de la calle venía hacia mi un chico a la pata coja. A ratos se paraba y descansaba. Parecía que algo le pasaba en el pie o en el tobillo. A medida que nos ibamos acercando no apartaba la mirada de mi. Cuando estabamos uno frente al otro se para. Me mira. Le miro el pie. "Si me pide ayuda, le pago un taxi a donde quiera ir", pienso mientras espero que me diga algo. Y él me dice: "¿Tienes un cigarro?". "No, no fumo", respondo. Y siguió su camino, dando saltitos a la pata coja en busca de un cigarrillo.

Elogio de la mentira

Por Fernando Colina, 9 de febrero de 2008 en El Norte de Castilla:

La mentira es nuestro más inseparable compañero por los caminos de la vida. Su escolta nos asiste con más insistencia que nunca, pues hoy cuenta con tres espacios propiamente modernos que la necesitan: la publicidad, la información y la política. Si la modernidad admite el calificativo de época de la mentira, si su presencia es más contundente e intensa que en el pasado, es porque nos valemos de su autoridad en dominios imprescindibles de nuestra cultura que sin ella no existirían. Toda la ética moderna se concentra en un saber hacer con la mentira. No por nada la discusión entre Benjamin Contant y Kant, acerca de un presunto derecho a mentir por filantropía, inaugura y da sentido original a las discusiones morales de nuestro tiempo.

Sin embargo, a mentir hay que aprender, como aprendemos a caminar o a echar los primeros cálculos. De niños mentimos de continuo, pero no por mala intención o por un ánimo retorcido, sino para asear esas habitaciones interiores donde no dejamos que nadie entre sin permiso. La mentira es una herramienta imprescindible para construir un límite entre la realidad y uno mismo. Es la llave que cierra la alcoba más íntima y secreta de cada uno, el disfraz que evita la transparencia y que impide esa inconsciencia, propiamente esquizofrénica, de ser observado y adivinado de continuo. Cuando Simmel acertó a decir que "el secreto es una de las grandes conquistas de la Humanidad", podría haber dicho los mismo de la mentira sin pestañear, pues sin mentira no hay ninguna posibilidad de acceder a la ocultación y al silencio que nos custodian. El secreto nace de la mentira, y quizá por ese fructífero nacimiento se ha dicho a menudo que la vida secreta roza lo verdadero.

Como muestra de su necesidad nos basta recordar que sólo empezamos a hablar cuando nos sentimos capaces de mentir. Mentir y hablar son procedimientos simultáneos. La primera mentira no lo es por defecto ni por provecho sino por la obligación de aprender. Luego vienen las demás mentiras, las que dan cuenta de nuestro nivel moral, pero antes hay que haber aprendido a mentir para no tener que delirar, pues todo delirio no es nada más que una mentira fallida. Si el loco consiguiera mentir sobre las cosas que más le importan seguro que de inmediato se curaría. Al fin y al cabo, hay que reconocer que si los padres nos mienten con la patraña de los Reyes Magos es por higiene mental, para darnos ejemplo y tratar de evitar que enloquezamos. Bajo la excusa de conservar la bella ingenuidad, se miente a los niños con descaro para luego poder desengañarlos. Toda la salud psíquica que podemos alcanzar se resume en esa breve palabra: desengaño. Ninguna ejerce con más peso el principio de realidad que necesitamos.

Escribió Agustín en su célebre "De mendacio" que "la cuestión de la mentira es oscura en extremo y rehuye la intención del investigador con sinuosos culebreos". Tan oscura y deslizante resulta que, en el fondo, la sinceridad no es nada más que el ejercicio inteligente de la mentira. Ser sincero es ascender a ese nivel superior donde no se pruebre probar, lo que se dice probar, que hemos mentido. De otro modo, la sinceridad se convierte en un ajuste de cuentas, en la amenaza calamitosa de contar la verdad a quien corresponda para negarle toda promesa. Cuando alguien amenaza con que nos va a contar la verdad, más vale salir corriendo de inmediato. Creerse dueño de la verdad es sospechoso. La verdad es tan escurridiza que basta que cualquiera confiese su posesión para que sepamos que está perdida. Por ese motivo a los amigos hay que rogarles que nos mientan y, si son amantes, exigírselo como prueba legítima.