Hay sitios donde uno entra y se encuentra a gusto desde el primer momento. Si es una tienda, se espera una atención agradable y profesionalidad. Ni hostilidades ni vendedores de moto.
Antes de navidades entré por primera vez en esta vinoteca, que ocupa el lugar de la que fue pecados originales. Objetivo: conseguir un vino monovarietal de garnacha, que para el despliegue de inversión que se adivina en este local, parecía algo muy simple.
En primer lugar a la chica que me atendió la garnacha le debió sonar a física cuántica. No era demasiado problema, ya esperaba echando una ojeada mientras esperaba que el dueño me atendiese. Y mientras esperaba, pude oir la conversación de éste con un cliente. Mal asunto. Una conversación sobre lo que vale un Petrus y un Tokay y las expresiones de sorpresa del cliente. Un vino vale lo que se quiera pagar por él, pero ese de impresionar a alguien a base de etiquetas... ¿no será mejor agasajarle con una buena lista de referencias?
Por fin era mi turno. Le expongo mis intenciones. Garnacha, monovarietal, si no tiene madera mejor, y si tiene crianza que sea de fiar, si puede ser de Campo de Borja o Cariñena perfecto. Primera respuesta del vendedor, casi con aire hostil :¿cuánto te quieres gastar?. Segundo mal asunto. Evidentemente lo que vale un Petrus no, yo no me dejo 1500 euros en un vino, pensé. Y me empieza a contar no sé qué historias sobre que los vinos de esas DO no son buenos, que los viñedos son jóvenes. Vale. Tercer mal rollo de la tarde. ¿Jóvenes? No hay que dar demasiadas excusas no basadas en la viticultura para decir que determinada DO no las trabaja. O eso o que me explique cuánta edad menos tienen esos viñedos que los del resto de DO que sí vende, o mejor aún, que me explique las razones fisiológicas de la vid por las que mantiene que con un viñedo no tan viejo se tenga que hacer mal vino obligatoriamente. Vale que lo de cepas viejas sea un buen marketing en este país, pero tampoco nos pasemos. Sirve para una etiqueta, como sirve mucha otra literatura, pero nada más.
Seguimos con la conversación, y llegados a un punto me dice, o mejor dicho, sentencia: "Es que a mi la garnacha que no sea L´hermite no me gusta". Arreamos. Ya me habían dicho de lo exquisito de este hombre, pero no me imaginaba tanto. (Prueba empírica: id a su vinoteca y pedir un Pago de Carraojevas y esperar a ver su reacción, le indigna que le pidan ese vino, no debe estar a la altura y está demasiado de moda).
Vamos a explicar un poco qué significa eso. Es como ir a una vinoteca, pedir un Tempranillo y que te salten algo como "no, es que a mi los tempranillo que no sean Pingus no me gustan". O para que se entienda mejor, es como ir a una tienda de vinos, pedir una botella de vino y que te respondan "es que a mi si el vino no vale 750 euros no me gusta".
Yo ya sé dónde no ir. Demasiado exquisito el señor. Que él lo lidie bien con sus clientes pucelanos. No sé si le gustarán más los clientes a los que impresiona con lo caros que son los vinos que allí se venden, como el señor con en el que hablaba mientras yo miraba qué había. Yo seguiré comprando en La Vinoteca, de la calle mayor de Palencia. El vino más caro es un termanthia de 120 euros, pero el trato es infinitamente mejor. Y eso no tiene precio.