La Coctelera

Categoría: Dum spiro, spero

El final de este viaje

Comencé un blog que murió víctima de una guerra personal. Aquel cierre dio lugar a este otro. Y por aquí siguieron pasando algunos de los personajes que conocí en mi primera ubicación. Fueron llegando y se fueron despidiendo. Mina, Puto Niño, Úrsula Montes, Ignatus, Victor, Tony, Mrs Maggots...

Era la época del ritmo de un buen día o de pesadilla en el parque de atracciones, los rencores, las lágrimas, las secuelas de la fiebre amarilla, del gato que Mina me regaló... siempre Mina. Hace tanto tiempo que ya no contamos olas...

Empecé este nuevo blog, decía, en un pueblo de Palencia, en una especie de exilio temporal que me autoimpuse. Fueron los meses de romper con la vieja ciudad, de trabajar y sólo trabajar, de entender, al estar tan solo y llegar a una casa vacía, por qué la gente se compra una mascota. Fueron los meses de seguir llorándole a Mina y sorprenderme de la enorme paciencia de esa mujer. Fue el tiempo de la guerra del wish you were here. Los días en los que la felicidad estaba en una manzana.

Fue el año de decidir dar un giro a todo. Romper con todo para empezar de cero.

Y hoy, comiendo de nuevo con Úrsula Montes y Puto Niño, recordé que aquel viaje llega a su fin el uno de septiembre. Ese día me esperan en Francia en un proyecto que me ilusiona mucho y me asusta un poco.

En cierta manera, este blog acabará ese día.

Esta etapa de quebraderos de cabeza, de soledad, de mis típicas depresiones ciclotímicas, de guerras que no eran mías y de impermeables azules termina aquí.

Tal vez tenga que comenzar otro blog. ¿El blog de un winemaker errante?. Quizá, de paso, sea hora de dejar de decir que yo "no preparo desayunos ni hago planes" y asumir que soy como soy. Porque Holly sigue sin llamar a medianoche y ya empiezo a echar de menos que me despierten. Puede que sea hora de evitar que me conozcan por quien no era y perderme en ello.

Cosas que pueden pasarte el día en que...

... te toca cuidar del perro de tu hermana (porque ella está de viaje).

1. Que salgas más tarde de lo habitual de trabajar.

2. Que pares a echar gasolina, a eso de las cuatro de la mañana, y el coche no te arranque.

3. Que llames a un compañero del trabajo, y al llegar él, y sin tocar nada, el coche vuelva a arrancar, y se quede hablando contigo hasta las cinco menos cuarto de la mañana (el compañero, no el coche, aunque que hable sería lo único raro que le falta por pasarle).

4. Que llegues por fin a casa, y al ir a sacar al perro, no sepas cómo leches se coloca un arnés de perro. Tú acercas el puto arnés al perro y piensas que el perro va a mover alguna pata como para ayudarte y darte pistas, pero no, el perro se acojona y se encoje.

5. Que te pases media hora viendo fotos en el google de "arneses de perro".

6. Que cuando por fin consigues colocarlo, casi a las seis de la mañana, llueva. ¿Qué hace un tio como yo, a esas horas, bajo la lluvia, paseando a un york shire terrier?

7. Que a las nueve de la mañana el perro te despierte porque al parecer esa es su hora de salir. JODER QUÉ SUEÑO.

8. Que cuando de nuevo te metes en la cama, te llame tu jefe para decirte que tienes que ir a trabajar.

Don Malo

Me decía una señora el otro día que cuando me licencie (estamos en la cuenta atrás, sólo quedan cinco asignaturas), pasaré a ser Don. Que eso ponía en el título de su hijo. Don.

Así que pasaré de ser el pequeño Tao, o Taomalo, a ser Don Tao. Por obra y gracia de una firma de Juan Carlos.

Ya era hora, dicen algunos.

Porque a mi alrededor hay demasiada gente inmersa, no sé por qué motivo en una carrera para no llegar tarde a ningún sitio. No sé si será porque vivimos en la sociedad de la inmediatez, de la prisa, del vértigo y de la impaciencia. O porque a los de nuestra generación, cuando teníamos que decidir hacia dónde enfocábamos nuestro futuro, nos bombardearon con noticias de informáticos veinteañeros multimillonarios en Sillicon Valley. Nosotros llegamos tarde.

Ahora bien, ¿quién querría ser ahora mismo un gordo con una gorra de los Nets haciéndose pajas frente a su pantalla? Desde luego yo no. De todos modos, lo que se es a los veinte no suele coincidir con lo que se quiere ser a los cincuenta.

Como llegamos tarde, claro, preferimos el coche a la espera y el encanto de los viajes en tren. El mail al correo postal de toda la vida. Todavía recuerdo lo que era cartearme con alguna novia, a los quince años, recibir una carta sin remite y reconocer su elegante letra.

Con las prisas, uno acaba olvidando que el tiempo pone a cada uno en su sitio. Que el agua blanda en movimiento acaba rompiendo la dura piedra. O que un vino evolucionado no tiene por qué ser un vino defectuoso.

Al final todo acaba llevando al vino. Cuando todo falla nos queda el arte. Y un buen vino, al fin y al cabo, es arte. Al final entender de vinos es entender un poco de la vida. Entender los matices del paso del tiempo. Entender que la inmediatez y las prisas impiden disfrutar de los matices de una lenta y prolongada crianza.

Porque el partido del siglo no se juega todos los domingos ni el mejor polvo tiene por qué ser el de este sábado, sino que todo llega. A su tiempo si se sabe esperar.

Taoría nº7: el torrefacto es veneno

Y el lambrusco una puta mierda.

El séptimo toro

Después de que José Tomás toreara ayer en Palencia, a mi me soltaron un Miura.

Y sobreviví.

Conclusiones

Quizá sean necesarias más de una manzana. Y más de una buena canción. Quizá también sean necesarios más timbres a medianoche.

Perderse en un parking

No encontrar el coche en el parking donde lo has dejado es una de las sensaciones más angustiosas que he vivido.

Una sensación mucho peor que aquel día en que estaba convencido de que me habían robado el coche. Ese día no me preocupé demasiado. Yo lo había dejado junto al quiosco y no estaba. No había pegatina de la grua. Me lo habían robado, qué culpa tenía yo... (en realidad no era ese el puto quiosco, era uno 70 metros más adelante).

Perderlo en un parking es mucho peor. Porque en este caso, tú sí que tienes culpa. No lo quieres creer, pero en realidad has olvidado dónde lo habías dejado. Y eso no es bueno. Porque tu soberbia te impide recocerlo.

- Que lo he dejado aquí, en esta planta, seguro.

- Pues no está, ¿no será otra planta?

- ¿Me vas a decir a mi dónde lo he dejado? ¿A mi? Sabré yo dónde lo he dejado, es mi puto coche, lo he aparcado yo, no me toques los cojones, voy a mirar por ese otro lado, espera aquí...

Evidentemente no era esa planta. Y agachar la cabeza y reconocer que te has equivocado no es tarea fácil.

Si no hubiese sido por ese pobre ecuatoriano que dormía en el coche y no tenía culpa de nada, aquella bomba habría supuesto un gran acto de justicia poética.

 

Taoría nº6: el chocolate blanco no es chocolate

... y el lambrusco es una puta mierda.