Podría contar la historia del japonés de la guitarra que debería empezar con eso de "os voy a contar una cosa que le pasó a un amigo...".
O como el sábado de madrugada me quedé tirado con el coche en mitad de la autovía sin calefacción en la noche más fría del año.
O lo que es ser un becario universitario con una beca incompatible con cualquier contrato laboral (igual se piensan que se puede vivir con ese dinero).
Pero la verdad es que no me apetece nada de nada.
Por cierto, hay un bar en valladolid, calle Torrecilla, donde por copas estos días se puede catar una zinfandel californiana que quita el sentido.
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El depósito número 1, a los pocos días del encube era una ágil niña saltando y corriendo en un prado de flores. Con desparpajo, ligero, frutal, joven.
Varios días después fue descubado en 997. La niña había engordado y se había convertido en una gorda conduciendo un autobús. Cargado, cerrado, denso. Días más tarde estaba en 993, y ahora está esperando la maloláctica en barrica.
Ese largo viaje en autobús, (o barrica), le servirá para adelgazar, pensar, recapacitar, acertar, equivocarse, disfrutar del camino lo suficiente. Y con el tiempo, como pasa con nosotros, se hará más complejo y se llenará de matices de cada etapa de su vida.
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Y el lambrusco una puta mierda.
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Después de que José Tomás toreara ayer en Palencia, a mi me soltaron un Miura.
Y sobreviví.
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Quizá sean necesarias más de una manzana. Y más de una buena canción. Quizá también sean necesarios más timbres a medianoche.
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No encontrar el coche en el parking donde lo has dejado es una de las sensaciones más angustiosas que he vivido.
Una sensación mucho peor que aquel día en que estaba convencido de que me habían robado el coche. Ese día no me preocupé demasiado. Yo lo había dejado junto al quiosco y no estaba. No había pegatina de la grua. Me lo habían robado, qué culpa tenía yo... (en realidad no era ese el puto quiosco, era uno 70 metros más adelante).
Perderlo en un parking es mucho peor. Porque en este caso, tú sí que tienes culpa. No lo quieres creer, pero en realidad has olvidado dónde lo habías dejado. Y eso no es bueno. Porque tu soberbia te impide recocerlo.
- Que lo he dejado aquí, en esta planta, seguro.
- Pues no está, ¿no será otra planta?
- ¿Me vas a decir a mi dónde lo he dejado? ¿A mi? Sabré yo dónde lo he dejado, es mi puto coche, lo he aparcado yo, no me toques los cojones, voy a mirar por ese otro lado, espera aquí...
Evidentemente no era esa planta. Y agachar la cabeza y reconocer que te has equivocado no es tarea fácil.
Si no hubiese sido por ese pobre ecuatoriano que dormía en el coche y no tenía culpa de nada, aquella bomba habría supuesto un gran acto de justicia poética.
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... y el lambrusco es una puta mierda.
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